HISTORIA DE UN NIÑO MALO
Existía en otro tiempo un niño malo, que se llamaba Jim. Ya sé que hiciéramos una escrupulosa rebusca en los libros de lectura de las escuela dominicales, encontraríamos que casi todos que todos los niños malos se llaman Jaime. Es un hecho extraño, pero es cierto (…) Nuestro niño malo se llamaba Jim. Y su mamá no padecía de tisis ni cosa por el estilo. Antes, por el contario, era corpulenta y no tenia pesar ni daño que la atormentase. Otro rasgo distintivo de tal mamá era que se le daba una higa de lo que al muchacho pudiera ocurrirle, y en más de una ocasión se le oyó decir que si el chico se rompía la cabeza o se quebraba una pierna, maldita la cosa que se perdía. Lo mandaba a acostar, acompañando la orden con un cogotazo, y no hay noticia de que le besara ni una sola vez, ni que se tomara el trabajo de pedir a Dios que concediera buena noche al chiquitín.
Un día, el niño malo robo la llave de la despensa, se entró en ella bonitamente, se comió una ración más que mediana de confitura y para que su madre no descubriera la travesura, echó brea en el pote que había vaciado (…). Y en aquel momento no le cometió ningún terrible sentimiento de pesar. No oyó ninguna voz interior que le dijera: “¿has hecho bien en desobedeciendo a tu mamá? ¿Dónde van los niños malos que se comen glotonamente la confitura materna?”. (…) No. Eso es lo que hacen los otros niños traviesos de que hablan los libros de las escuelas.
Pero cosa extraña, con Jim pasaron las cosas de otra manera. Se comió la confitura y no se le ocurrió más que decir que estaba buena. Echó la brea en el pote, y la travesura le hizo mucha gracia tanta gracia, que reía a carcajadas pensando en la cara que pondrían sus papás cuando fueran victimas del criminal engaño infantil.
Cuando se descubrió la endiablada travesura, Jim juró y perjuró que no era suya aquel cambio; la mamá le pego con severidad y el chico lloró como una magdalena, y berreó como un becerro más de una hora. Como se ve en nuestra historia, no hay punto alguno de contacto con los cuentos de los niños malos de los libros infantiles.
(…) Otra vez birló mañosamente el cortaplumas al maestro de escuela, y para que no lo castigaran escondió el objeto en la gorra de Jorge Wilson, hijo de la pobre viuda de Wilson, el niño aplicado y bueno del lugar, un buen muchacho que obedecía siempre a su madre y que no mentía jamás.
Cuando cayó el cortaplumas de la gorra del buen Jorge, y este bajó la vista sorprendido y acosado al propio tiempo que el maestro descargaba la palmeta sobre las temblorosas espaldas del inocente, no se vio aparecer un inesperado juez de paz de noble actitud y peluca blanca que detuviera al iracundo maestro, diciéndole: “No castigue usted a ese generoso y aplicado niño. He aquí al culpable. Yo pasaba casualmente por la puerta, y por feliz coincidencia lo he visto todo”. (…) No. Esto hubiera sucedido así en los libros infantiles, pero no tratándose de Jim. No se presentó, ya lo he dicho ningún juez integrante y entremetido, para que lo echara a perder todo. Y el estudiante modelo, Jorge, fue vapuleado, y Jim tuvo una gran satisfacción, pues como era un niño malo, detestaba a los niños virtuosos.
Un domingo, aunque Jim fue a dar un paseo en bote, le ocurrió una cosa muy extraña. No se ahogó. Otra vez fue sorprendido por una tempestad, un día que estaba pescando y no le mato un rayo. ¡Es verdaderamente asombroso! Podéis consultar uno a uno todos los libros de lectura de las escuelas y no encontrareis cosa semejante.
Allí veréis que los niños malos que pasean en barco los domingos se ahogan irremisiblemente, y que todos los niños traviesos a quienes sorprende una tempestad cuando están pescando en domingo mueren infaliblemente carbonizados por un rayo. Todos los botes que llevan niños malos en domingo zozobran sin remisión. Y la tempestad estalla con furia en cuanto a un niño malo se pone a pescar en dicho día. El por qué y cómo se libró Jim de tan grave daño, es un misterio que no ha estado en mí descifrar. Indudablemente había algo mágico y oculto en la vida de Jim. De todo salía con bien (…). En la actualidad es el más temible bribón de su aldea natal: todos lo respetan, y forma parte de la intendencia.
Mark Twain, en Humoristas del mundo, Medellín, Colombia. Edilux Ediciones, 1993.E

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